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martes, 16 de julio de 2019

Balazos y poesías

Foto: Pietro Rampazzo 

Te di tantos balazos como poesías,
tantas noches de amor, como de agonía,
te di la facilidad de que me mientas en la cara,
mientras ponía la otra mejilla.

Te di tantos suspiros como chupitos de tequila,
tantas tardes de ignorarte, como de buscarte,
te di cada fragmento de mi cuerpo, cada segundo de mi tiempo,
mientras por otra corrías.

¿Qué espero de mí?, me pregunto
¿Qué espero que hagas o que digas?

Prometí no volver a escribir de vos,
no volver a pronunciar(te) mío,
a proclamar entre palabras tu nombre escondido.

¿Cómo detener la neblina?
¿En qué vida, mi vida?
Y tantas otras más.
©Angie Pagnotta-Depersia

martes, 27 de noviembre de 2018

Día 5 | Dos horas de vida entera


Todo fue besarnos. Todo fue volver a descubrir el cuerpo del otro, pese años años. Tocarnos. Creo que de a poco borré algunas huellas y planté otras. Eso lo supe ni bien confesaste lo más hermoso que te pueden decir en momentos así. Tranquilo, lo guardo para mí. Ardernos juntos. Sentir el calor de la piel hirviendo a 50 grados. Quemar todo y arder, si fuera necesario y lo era, lo fue. Besarnos como si no hubiera mañana, como si no existiera otra cosa que ese momento, que esa ingravidez que producen los besos más sensuales. Tomarte entre mis manos, olerte, sentirte, lamerte, perderme en tus formas, en tus texturas: sentirte. Así la vida, entera, aunque duren dos horas. Así, aunque tuviera que inventarme refugios posteriores para desprenderme de tu piel de reptil. Quemar todo y arder, de eso se trataba. Eso hicimos. Eso pasó.

lunes, 26 de noviembre de 2018

Día 6 | Y con eso basta


No todo estaba dicho. 
En el sótano de mi casa había una caja azul y pesada con una pila de papeles, fotos, regalos, flores secas, notas y algunos discos. Un día, diez años después (como esa canción pegadiza de Calamaro) la abrí. Allí encontré un cuaderno que decía ''Cosas que quise decir pero nunca dije''. La etiqueta no podía ser más misteriosa pero yo recordaba perfectamente ese cuaderno, esas historias. 
Me senté en la madera crujiente y me puse a leer el anecdotario del amor, del desamor, de los días de verano, de las tardes en la plaza, de una increíble catarata de deseos y amor. Y de eso se trata, pensé, siempre se trató de eso: amar y desear como dos faroles prendidos las 24 horas del día, los 365 días del año. No hubo día, Federico, no hubo día en que no te quisiera besar. Y allí estaban los recuerdos adolescentes de un montón de palabras que se fueron agolpando con el viento detrás en una puerta que no volví a abrir jamás. Y busco aún hoy mil metáforas para decir lo impronunciable que es tan cierto como mi nombre: siempre te amé. 

Hasta que hoy, hasta hace un rato, lo procesé y lo dije por primera vez, a viva voz. No, no dije te amo, dije ''te amé'', o, mejor dicho, dije todo lo que ese ''te amé'' significó: risas, silencios, pausas, amores, deseos, furias, cama, sexo, terrazas donde acostarnos, sillones donde besarnos, taxis donde acurrucarnos, rincones donde amarnos, esquinas donde tocarnos, pasajes donde bebernos como si no hubiera otra agua en el mundo más que la de tu boca. Y vos, casi con la misma voz de aquel entonces dijiste lo mismo. Por una vez correspondiente a mis palabras y ahí sentí que un baño de sal cubría mi herida. ¿Sabés cómo fue vivir con la herida latiendo? a veces de la nada sentía latidos breves, otras una especie de adormecimiento y a veces dolía como si recién me hubiera cortado. Pero, a pesar de la profundidad, nunca odié ni a mi herida ni a vos. Esa herida, hoy lo veo, me hizo ser quien soy. 

No hay tiempo como el presente, me digo al terminar de leer ese cuaderno azul. Tiempo presente y solo tiempo, de eso se trata. El presente me devuelve tu risa sincera y tal vez no ahora, pero sé que mañana o pasado, me quedará el recuerdo endulzado de una herida de guerra que cicatrizó con el amor más neurótico y obsesivo, pero también con toda la sinceridad posible. 
Y con eso basta.

domingo, 25 de noviembre de 2018

Día 7 | De boca a tu boca


Todo comenzó con un pequeño fuego en tu labio inferior. Lo recuerdo bien. Hacía un poco de frío y los dos íbamos en un taxi camino a un nuevo bar. Era tarde pero no tanto como para querer volver a casa y, además (siendo honesta) no quería volver a otro lugar que no fueran tus besos, esos besos que recordaba a fuego. Lo supe antes de salir, lo confirmé después. De pronto un bache. ¿O eso fue después?
Cierto, fue después.

Casi no puedo recordar la trama perfecta de lo dicho, recuerdo la Avenida, recuerdo que sonaba una música espantosa en la radio del taxista, recuerdo hasta la incomodidad de una de mis piernas demasiado en el medio del auto y la otra demasiado de costado, recuerdo que tenía calor por la calefacción, recuerdo que me preocupaba la cercanía de tu cuerpo y el mío, pero no puedo recordar exactamente que artilugio, que palabra, que tropiezo. Pero ahí tropezamos, vos con mi boca y yo con la tuya, dos bocas que se entienden más que cualquier otra boca. Deseo intacto, deseo eterno. Balbuceé. Todavía no aprendo a decir cuando no sé que decir. Dije pequeños gimoteos que podrían haber sido de un niño pequeño o de una adulta que a sus 30 años aún no sabe expresarse de forma correcta sin ser demasiado obvia, demasiado niña, demasiado transparente (guilty) Sonreímos, eso sí lo recuerdo. Tu sonrisa perfecta, desnuda de trampas: hermosa. Y luego un bache glorioso me tiró encima tuyo y nos volvimos a besar. En ese instante amé todos y cada uno de los baches de las calles de Buenos Aires. Amé todas y cada una de las fatalidades que, una vez más, me ponían de boca a tu boca.

sábado, 29 de septiembre de 2018

De vientos y de lluvias se llena el universo.



De vientos y de lluvias se llena el universo. Y, mientras tanto, todo es un desatino, una llamada interna de algo inmóvil, de algo congelado por años, por el tiempo mismo que se ríe de nosotros cada vez que recordamos. Y que inconveniente es la conveniencia de tu beso, la de tu cuerpo tan cerca del mío, la de la escarcha de la lluvia allá afuera, mientras del otro lado del ventanal ocurre un incendio. Que inconveniente es volver a encontrarnos y acercarnos en cada fracción, en cada segundo, en cada milímetro de abismo en el que bordeamos nuestra existencia profana, y reconstruimos el pasado en el presente, como si tal cosa pudiera lograrse en una noche. Pero no existe. Nos encomendaron no volver a unirnos y, sin embargo, acá estamos: como dos imanes, atrayéndolo todo. Al menos por un rato, el que dure la eternidad.

De pronto un sonido. 

Casi diría que el viento infame resopla en mis oídos pero no. Un chasquido me devuelve al mundo y entonces recuerdo que pensé todo esto mientras estaba en la fila de Edesur, a punto de pagar la luz que me cortaste. 

martes, 25 de septiembre de 2018

El no decir que se convierte en imán


Imagen Liudas Barkauskas

Ella sale de la escuela y él la espera en la esquina fingiendo varias cosas: que el cierre de su mochila se trabó e intenta destrabarlo, que acaba de despedirse de su grupo de amigos, que recibió una llamada y recién terminó de hablar...cualquier excusa infantil es buena, cualquiera que le dé los minutos que demora Agustina en salir a la calle.

Van caminando juntos por la avenida porque vivir cerca les sirvió de excusa. Para él no importan los autos, los semáforos, los ruidos: nada. Todo su universo pasa por contemplarla, por ver cómo se corre el pelo negro y pesado hacia la oreja, por ver como abraza la carpeta que lleva en las manos y aprieta hacia su pecho, por sentir su olor a vainilla desprendiéndose a cada paso que da, por notar sus piernas flacas y un tanto chuecas al andar, por sus pasos cortos pero ligeros...todo le parece encantador. Pero no dirá nada y, al contrario, dirá todo lo que no piensa sólo para despistarla.

Lo que no sabe nuestro Romeo, es que ella no es de las que adivinan las falsas señales, no sabe que al comportarse así, ella afirmará su teoría de que Federico es un pesado que prefiere caminar con ella para no ir caminado solo, y nada más, nada de nada. 

El no decir se convierte en imán, el no decir los convierte en silencio, en lo que los repele, en lo que los aleja. Incluso cuando ella preferiría caminar escuchando música, ha llegado al punto en el que el metro ochenta de él la conmueven, la inquietan y la intrigan. Federico, pronuncia Agustina para sí y lo siente, lo ve, lo quiere....así de despistado, de despeinado, de torpe y de inteligente. Tan brillante para algunas respuestas y tan lumpen para hilar los sentimientos, piensa ella, levantando las cejas sin que él lo note.

Pero aún así y pese a todo, su relación se alimenta de falsas señales, de desvíos, de frenadas, de silencios. ¿Y si se hace tarde? ¿Y si nunca más se encuentran? ¿Y si se encuentran pero tarde?
Nadie sabe hasta donde llegan los imanes. 

domingo, 23 de septiembre de 2018

Veneno amargo



Todavía hay peligro, me digo. Tus fragmentos aún están unidos a mi cuerpo. En algún lugar de mi estratosfera te repito, te siento, te pienso. Habían pasado años, eso también lo recuerdo. Meses, días, años, millones de años sin saber de VOS. Agua bajo el puente, témpanos, praderas, silencios. Años de suposiciones, de creencias, de confiar mi destino en la fe; esa fe ciega que dice y repite en loop: “las cosas son mejores así“. Mar furioso, me digo.

¿Cómo no involucrarse de nuevo, si nunca dejé de pensarte? 
Te esperé siglos. Siglos esperé este momento. Estar de nuevo frente a tu boca, y acá no puedo escapar a la verdad de pronunciar y de escribir las palabras acalladas pero justas: esa boca de fuego, carnosa, siempre a punto de ser devorada por mi boca; esa boca por la que hubiera atravesado océanos, por la que hubiera matado a cualquiera, esa boca de ella, mía, tuya, tan tuya, casi incomparable con otras bocas, pero ciertamente inolvidable. Eso sí lo recuerdo bien.

La menta y el mentol flotaban en el aire. La cerveza en tus cachetes, también. Negar hasta lo imposible, me dije antes de salir de casa. Negarlo todo, negarlo bien. Pero ahí estabas, a dos centímetros de mi boca, a dos minutos de estallar contra mis labios, a dos minutos de arrepentirme de todo y, a la vez, de disfrutarte, porque de eso se trata todo en la vida, al final, de disfrutar. Pero ya no quiero que sea al final el disfrute, que sea principio.

Y el principio de todo fue tan turbulento, Federico, tan turbulento que no podría retroceder a cero y ser otra. Porque quiera o no, fui la que soy porque fuiste conmigo. ¿Te acordás que vos me buscabas y yo ni te registraba? En la oficina siempre miraba a un costado cuando hablabas, siempre esquivándote. Cuando era el horario del almuerzo yo inventaba cualquier excusa para no sentarme con vos, y las veces que por algún motivo quedábamos juntos, hacía sonar celulares que no existían para levantarme e irme al patio a hablar con la mujer-máquina que en el 113 te daba la hora ¿En qué momento todo se dió vuelta? ¿En qué momento pasé de ignorarte a llevarte café a tu oficina cuando sabía que era la hora en que te morías por tomar un café? ¿En qué momento pasé de no reírme de tus chistes a festejarte cualquier gansada que dijeras, incluso las que no me hacían reír? ¿En qué momento dejé de esquivarte la mirada, para morir por un segundo de tus ojos en los míos? A veces rebobino casi a cero, pero ese momento nunca supe encontrarlo en mi memoria, jamás. Veneno amargo, siempre amargo el no recordar y de tan amargo, casi necesario (casi).

Y allí, entonces, a dos centímetros del precipicio, a dos milésimas de segundo de comernos la boca, los ojos, la mirada, el cerebro y las manos, a dos minutos de aniquilar nuestra piel contra la piel del otro, de morder, de bordear, de lamer, de pedirte más, de acariciarte, de dejarme, de que te dejes; allí, a fragmentos de milésimas de segundo, a un segundo antes y como en las peores pesadillas, me desperté y ya no supe cómo llamarte, como pronunciar tu nombre.

sábado, 19 de mayo de 2018

Distopía


Corre la vida al filo de la navaja
será preciso, entonces, desnudar el amor 
y que el amor, así, nos salve.

Sanar la herida es salvarnos.

Corazón blindado

 Tu corazón está blindado (como estuvo siempre) simpatizo, sin embargo,  con la idea de —algún día— quebrar la protección absurda de tus can...