
En el campo se oían los pasos de la joven muchacha. Unas cuantas horas habían pasado de la despedida. El vestido de marfil se había desteñido a gris con el paso de los minutos. Una daga abrió una herida profunda en el pecho. La sangre se derramaba en su vestido, que un día antes había elegido especialmente para la ocasión, sin saber que terminaría sirviendo de mantel para cubrir su herida y apañar su roja tentación. La niña esperaba sin ansias ni cristales, una inmensa sanación.
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