viernes, 13 de septiembre de 2013

Tu nombre


Nada que tenga tu nombre. Eso me haría bien. Nada que tenga tu sucio nombre. Ningún lugar donde leerte. Nada que me diga JUAN. Ningún Juan en mi vida. Nada que diga tu nombre. Nada que me recuerde esas cuatro letras del demonio. Nada que se vincule a tener que pronunciar tu nombre, una vez más, nada. Ningún nombre. Nadie que me diga: “me llamo Juan”. Nadie que me diga: “a mi hijo le puse Juan”. Nada. Ningún nombre. Nada que diga tu sucio y asqueroso nombre. No leerlo más. Que en la tele nadie se llame así. Que ningún personaje, de ninguna novela se llame así. Que Perón se cambie el nombre. Que no haya más Juanes. Nadie más con tu nombre. Nunca más tu nombre. No decirlo, no sentirlo, no permitirme sentir nunca más ese nombre. Nada que diga tu nombre. Nada. No sentir nada por vos. Eso me haría bien.

viernes, 16 de agosto de 2013

En libertad


Los primeros mates del día, con la primera ansiedad. Afuera hay smog, viento y un hermoso día de sol de invierno. Miro a los pájaros  rabiosos que van de un lado a otro, a toda prisa. Los miro y pienso que van con rumbo incierto, pero ellos saben a dónde van. Su vuelo tiene verdadera firmeza. Los pájaros no se arrepienten, no discuten, no piden perdón ni cometen errores, porque en la libertad de sus alas está su corazón y un corazón sincero –si es realmente sincero– nunca se equivoca.  

viernes, 9 de agosto de 2013

Escribo para no ser escrito



«Escribo para no ser escrito. Escribo para sentirme mas dueño de mis actos que si leyera o si obedeciera a los estímulos del mundo como la publicidad, la música ambiental o a la oferta de libros» Fogwill (extraído del testimonio audiovisual que registró la Audiovideoteca de Buenos Aires)

jueves, 25 de julio de 2013

Fuerte y bajito, como las palabras y el sonido...

Así, fuerte y bajito. Así, dejando volar las palabras. Como para Elis vuelan las manos sobre el piano que dice, pero también calla...

lunes, 15 de julio de 2013

Querido, te engaño


El word vacío. No sé por qué, pero no lo soporto. Tengo que escribir. Tengo que llenar el silencio con palabras. Llenarlo entero. Intentar silenciar ese espacio incómodo entre mis dedos y la pantalla. Lo miro y me resiste la mirada. Lo vuelvo a mirar. Amago. Me levanto de golpe y voy al baño a no hacer nada, vuelvo y sigue ahí. Voy a la cocina, me preparo el mate. Llego a su lado, de nuevo y no dije nada. Tengo que decir algo. Decirlo fuerte y esta vez y decirlo bien. No amagar, escribir como quién tiene las buenas intenciones de decir algo y simplemente lo hace.
Empiezo a escribir una confesión: “te engaño”. Lo borro. Pongo Ctrl + Z y aparecen las dos palabras de nuevo. Las miro. Las pongo en rojo. Las pongo en negrita. Las miro. Las resalto con amarillo. Pienso que en este caso el amarillo es muy frívolo. Lo saco. Lo pongo en negro. Después de un rato me arrepiento.

Necesito borrar y devolverle al espacio todo ese margen que me dio para ser, escribiendo. Necesito pedirle disculpas por tener una herramienta y no saber utilizarla. Me arrepiento del tiempo que le hice perder. Le digo que la próxima –si la hay- será distinto. Le miento descaradamente. Le repito que no sé qué me pasó, es la primera vez que me pasa, miento. No me cree, lo sé, pero necesito volver a decirlo, con mejor actitud y cara. Lo engaño con mis palabras mientras escribo. Parezco tan segura pero por dentro ni yo misma puedo creer semejante mentira. Remato la situación diciéndole que me duele la cabeza, que estoy cansada, que mejor intentar mañana. Cierro el archivo, sin guardar. No me despido, no digo nada. Cierro el archivo y bajo la pantalla, aunque vuelvo a mentir y  me quedo con esta copia. 

martes, 2 de julio de 2013

Me quedé sin internet


Me quedé sin internet un largo rato. Justo hoy que es un día de mucho trabajo. Entre cosas externas e internas, papeles y llamados, debo editar la versión final del #2 de Revista Kundra. De pronto -causalmente- aprovecho ese tiempo para seguir con mi relectura de "Cuentos Completos", de Fogwill. En ese mágico instante en el que me siento fuera de la noción del mundo, tomo una de mis libretas (donde anoto citas) y comienzo a registrar frases como: «La buena literatura (…) no permite apreciar el mal aliento de algunas frases» o «Clandestina en su forma y sanguinaria en sus procedimientos» e inmediatamente se me disparan imágenes intensas y vibrantes, como si fuera un televisor en el mostrador de un técnico: todas las imágenes pasan en un zapping que no puedo -ni quiero- detener. Justo allí, en ese momento, vuelve a encenderse la luz amarilla que me indica que volvió internet. Cierro el libro, caliento la pava para el termo y vuelvo a la realidad donde los textos de "mis colaboradores" me generan otras chispeantes y enriquecedoras imágenes.

martes, 11 de junio de 2013

Sucede


Tiembla la lengua.
Tiembla el deseo.
Siento vértigo.


Pienso en tus ojos, 
los veo acaramelados.
Tus ojos son fuego: seducen.

Dicen que la belleza no tiene tiempo.

Dicen que de tu cuerpo, puedo beber días enteros.
Dicen. Digo.

Algunas veces voy sin recuerdos.
Otras, te busco y me arrepiento.
Pero los dos sabemos devolver,
 lo que no queremos encontrar. 

Me detengo. 
Me sonrío. 
Te pienso
Tiembla la lengua.
Tiembla el deseo.

Sucede.

domingo, 9 de junio de 2013

Nunca dicen cómo


Alguna cosa quería escribir. Algo quería decirte. De golpe sentí en el pecho una tristeza sin retorno. Si algo te hacía mal, me haría mal a mí también. Me pedí no ponerme así pero ya era tarde. Cuando la tristeza te invade, invade. ¿Cuántas horas más pasarían? ¿En qué momento dejarías de respirar? Eran algunas de las preguntas que resonaban y me dejaban sin respiración a mí. 
Creo que todos tenemos –en mayor o menor intensidad- el anhelo profundo de ser inmortales o mejor dicho, de no atravesar la muerte. ¿Qué se hace cuando se sabe una verdad antes de tiempo? ¿qué se hace –si esa verdad- es irreversible?
Yo lloro, triste. Vos venís dando todo, ofreciéndome más. Venís dispuesta a curarme. Tu gesto siempre es enorme. Lloro. Quisiera que nunca te pase nada. Te sonrío levemente y pienso que muchos hablan de la angustia. Dicen que atravesar el dolor es necesario, pero nunca dicen cómo…

jueves, 23 de mayo de 2013

Atravesar el fuego



Habrá un camino correcto en un paisaje incompleto. 
Quedarán algunas sombras detrás, tal vez brillando en la oscuridad. 
Se romperá la calma de un equilibrio aparente pero la noción de vida perdurará, 
luego de intentar atravesar el fuego.

lunes, 6 de mayo de 2013

Enroscado y húmedo

¿Qué pasa en el aire, cuando el viento se enrosca? 


Hay una brisa que trae novedades. A lo lejos, se expande una soga que pasa miles de prendas nuevas y usadas. Remeras, vestidos y medias flamean furiosamente. La tarde comenzó a vestirse de lana, y el viento húmedo sacudió los telones, los vidrios y los toldos. El viento trae consecuencias y avisa. La ropa en las terrazas se mueve violenta, penetrable y ruidosa. Las ropas bailan y hacen una danza ancestral, como un canto de ballena en el fondo del mar. Los cortinados, los tanques y los cuadros zigzaguean un ritmo de candombe. El viento trae esperanza. El viento brinda aire. 
La continuidad de nuestros actos será un condimento más en estos minutos decisivos. El sol está cayendo, el viento avisó. Los actos comulgarán con otros que se volverán hechos. El viento avisa, pero los actos no.

¿Qué pasa en el aire, cuando el viento se enrosca? 


viernes, 26 de abril de 2013

¿Quién quiebra el silencio?


Cuando hay algo de silencio, se escucha el tren. Algunas veces imagino quiénes estarán viajando y hacia dónde. Durante el silencio, también se oyen las ruedas de los vehículos. En muchas ocasiones escucho frenadas y motos que hacen galopar su motor. 
El silencio nunca es quieto: se interrumpe. El ascensor sube o baja frenéticamente. La mujer del cuarto piso corre a la terraza porque olvidó descolgar la ropa y escucho como chancletea las escaleras. Un perro -creo que es el del séptimo piso- ladra los últimos grititos de la noche. 
Los autos siguen pasando. Hay un segundo de silencio que nuevamente se rompe. Alguien chifla y le grita a otro alguien. Ese alguien no responde o por lo menos, no lo escucho. 
El colectivo de recién hace su sonido, como si jugara con el timbre y el freno, pero no detecto que sonido es. Suena mi celular y me detengo. Mi estómago suena. Un murciélago suena.
Campana interior. Miro la hora. Otra vez el ascensor y de fondo, en un televisor remoto un pastor recita las últimas frases pidiendo por un Dios que tarda en llegar.

martes, 16 de abril de 2013

He sido, he dicho: SOY



He sido un alma inquieta y he vagado.
He buscado precipicios y he callado.
He oído el cristal roto de tus lágrimas cayéndose en mi hombro.
He obedecido el látigo, la punta, la espada y la palabra.

He sido infiel, consecuente, inconsciente y permisiva.
He detestado el silencio. He amado el sacrificio. He perdido tu mirada
He huido. He callado. He temido.

Hemos simulado. Hemos mentido. Hemos callado.

He buscado, te he encontrado, lo he perdido, no he olvidado.

He limpiado mi nombre. He perfumado las sábanas. He sembrado.
He pronunciado cada paso. He alejado todo lo malo. He soñado.

Hemos sido. Hemos hecho. He perdonado. Estoy amando.

Dedicado a Pablo Dobrinin 

lunes, 8 de abril de 2013

Rojo, Rojito


Me siento en un bar. El mozo es como los de antes: elegante, correcto en su forma de hablar y está vestido con una camisa "tipo ambo", de color celeste. Pido un café y le pongo azúcar, inmediatamente pienso en la endocrinóloga que me restringió la sustancia. Le puse la mitad de un sobre y no me sirvió de mucho. Opto por un sobre de edulcorante y vuelvo a endulzar el café. Lo pruebo y ahora tiene el sabor que buscaba. El mozo va y viene con sonrisa amable. Se escuchan gritos desde la cocina mientras me entero que le dicen “Rojo”. El bar tiene un banderín de Independiente que anticipa el apodo.
Las porciones que lleva Rojo en sus manos son abundantes y –por lo que se lee en la carta- los precios son económicos. Los pasos del trabajador delatan que sus pies están vencidos pero con ganas de seguir en pie.
Detrás de mí una mujer pregunta si por el feriado de semana santa abrirán. El cajero le responde que sí. El mozo se suma a la charla y mirándome me advierte que la calle desde hace un rato, está más tranquila. Yo asiento y le sonrío.
El fútbol domina la pantalla de la pequeña tv del lugar. Por dentro sostengo en mis pensamientos que cuanto más chica es la televisión, más grande es la charla (aún entre perfectos desconocidos) y por el diálogo que se estableció entre la mujer detrás mío, el cajero y yo, lo confirmo.
Entra una mujer rubia, cargada de bolsas y pide que en 10 minutos le tengan lista una tortilla de papa con huevo y cebolla. Específicamente pide que no le agreguen otro ingrediente. El cocinero, Pepe, obedece. Sus deseos son órdenes, le dice Rojito sonriéndole.
Un hombre pide la cuenta con un escarbadientes en la boca. Yo pido otro café en jarrito y Rojo me sonríe mientras le hablo. Vuelven a hablar algunos hombres de Independiente, dicen que si vuelve a perder el equipo va a estar complicado. Yo por dentro pienso lo mismo y me lamento, también soy de Independiente.
Vuelve la señora rubia, aplaude y agradece la tortilla. Se sienta a comer gustosa y agrega rápidamente “no tiene ningún ingrediente de más, como siempre perfecto Pepe”.
El cajero se da cuenta que Ernesto –un cliente de la casa- olvidó su agenda, billetera y celular. Le grita a un señor que entra “che, llámalo a Ernestito que se olvidó las cosas”. Este señor le responde pronto “ya lo llamo, igual venía para acá”. Luego de algunas mesas atendidas, Rojopercibe que Ernesto se está demorando más de lo común y sale a la vereda a esperarlo. Lo ve venir desde Tucumán y le dice “te olvidaste la vida querido ¿qué pasó?”. Con una sonrisa el cliente le dice “menos mal que vengo siempre al mismo bar, sino ya me lo habrían robado”.
Mientras limpia y acomoda las mesas Rojo sonríe. Quizá su equipo descienda, quizá sus clientes de Racing lo carguen pero lo que no pasará es que Rojito pierda su linda sonrisa.



Corazón blindado

 Tu corazón está blindado (como estuvo siempre) simpatizo, sin embargo,  con la idea de —algún día— quebrar la protección absurda de tus can...