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miércoles, 8 de mayo de 2019

Quebrar


Con dolor empujo las últimas sogas. Mis brazos arden todavía, los hilos en las muñecas me lastimaron y me sangran partes de la piel. Tengo las manos rojas, heridas, marcadas con los hilos del cuerpo de otro. Reviso mis vendajes y encuentro moretones. Las cepas de tinta de Federico no dejan de sangrar. Hay olor a vino y madera. Hay perfume a tiempos viejos y no encuentro las palabras, creo que todas –casi todas–, se fueron con el último beso. 

Me arrastro como puedo hacia la superficie, trato de extender mis manos y mis piernas, trato de mover mi torso y cobrar fuerza; pero parece imposible: cada dolor y cada huella anclaron en cemento castillos fuertes en mis manos. Debo quebrarlos, me digo, debo romperlos para poder avanzar; debo romperlos y alejar ese peso extraño en mi propio peso, en mi propio cuerpo.

Pero no queda mucho tiempo, el poco oxígeno que tengo es mi última y única salvación. Desprendo de a poco el yeso y algunos pedazos comienzan a caer. La Mujer sin nombre me dijo que si lo hacía ni se me ocurra mirar hacia atrás. Me tienta el aroma del pasado, me tientan los olores de tu cuerpo, me tienta, pero no. Sigo. Algunos fragmentos se desprenden, los miro caer, eso sí puedo hacer: ver cómo se hunde cada fragmento marmolado de tu cuerpo, ver como caen los cimientos estúpidos del hombre que fuiste. Verme, así, caer con vos.

Por fin, el último fragmento se desprende y aún retumba su sonido, pero allí pasa lo asombroso: mis piernas y mis brazos vuelven a un lugar donde recuerdan, vuelven a un lugar que supieron tener hace algunos años y confirmo, entonces, que la memoria del cuerpo es prodigiosa, tal vez aún mejor que la de mi propio corazón.
©Angie Pagnotta-Depersia

jueves, 20 de septiembre de 2018

Decir



Las excusas son el puente para encontrarse. Premisa número 143536. Siguiéndola, quizás, nos encontramos. Es un jueves de sol en Buenos Aires, voy caminando por la calle escuchando una playlist de Spotify  que hice pensando en algún recuerdo con vos. Bien, decía, voy caminando. Allí estoy por cruzar el semáforo de Av. Rivadavia y, digamos que, de pronto, te encuentro. Nos encontramos. Es de noche aunque hablé del sol, y lo sé porque la luna se refleja en tus ojos y ese resplandor es una de las cosas más lindas que se pueden ver en la vida. Sigo, me tocás el hombro y me decís ¿Sos vos? ¿Ann? Y allí empieza todo. Que sí, que soy yo, que como estás, que tanto tiempo, que qué es de tu vida. 

Y allí sé que estás casado, que tenés un hijo, y veo fotos de un niño enrulado idéntico a vos pero con la nariz de ella. Entonces que vení, que vamos a tomar algo, que no importa si es medianoche ¿arrancás temprano mañana? entonces me olvido del juzgado, del la conciliación que tengo que hacer y le digo que no, que no importa. Mentir siempre me quedó tan cómodo.

Entonces es de madrugada y nos sentamos en un bar y la luz de la luna sigue titilando en tus ojos y yo titilo un poco también, por el reflejo, ese reflejo inevitable e ineludible de encontrarnos y mirarnos. Sentir que esto es cierto, de algún modo, cierto pese a los años, al tiempo, a la ausencia, al silencio. Sentir que todo esto es verdad, pese a tu vida actual tan alejada de lo que éramos, de cuando nos reíamos de tener hijos, de la vez que tuvimos miedo por si estaba embarazada, de que dijeras que si era un hijo mío sí querías tenerlo, no importaba tener 18 años. Y miro mi vaso de cerveza y vos hablás de viajes a México y yo alucino con México, te digo, me gustaría mucho ir. Y allí la tonta promesa de un viaje juntos y lo más lejos que fuimos fue a La Plata, a pocos kilómetros de donde vivimos. ¿Cómo que estamos en el mismo barrio? Y nos reímos de las coincidencias y salimos del bar a caminar por no sé dónde ya, y ahí, sin decir nada, me arrinconás contra la pared y me besás como nunca antes me habías besado, con la dosis perfecta de amor y de nostalgia, con sabor a menta, con gusto a para siempre, así, diciéndolo todo, me besás.


Corazón blindado

 Tu corazón está blindado (como estuvo siempre) simpatizo, sin embargo,  con la idea de —algún día— quebrar la protección absurda de tus can...