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miércoles, 8 de mayo de 2019

Quebrar


Con dolor empujo las últimas sogas. Mis brazos arden todavía, los hilos en las muñecas me lastimaron y me sangran partes de la piel. Tengo las manos rojas, heridas, marcadas con los hilos del cuerpo de otro. Reviso mis vendajes y encuentro moretones. Las cepas de tinta de Federico no dejan de sangrar. Hay olor a vino y madera. Hay perfume a tiempos viejos y no encuentro las palabras, creo que todas –casi todas–, se fueron con el último beso. 

Me arrastro como puedo hacia la superficie, trato de extender mis manos y mis piernas, trato de mover mi torso y cobrar fuerza; pero parece imposible: cada dolor y cada huella anclaron en cemento castillos fuertes en mis manos. Debo quebrarlos, me digo, debo romperlos para poder avanzar; debo romperlos y alejar ese peso extraño en mi propio peso, en mi propio cuerpo.

Pero no queda mucho tiempo, el poco oxígeno que tengo es mi última y única salvación. Desprendo de a poco el yeso y algunos pedazos comienzan a caer. La Mujer sin nombre me dijo que si lo hacía ni se me ocurra mirar hacia atrás. Me tienta el aroma del pasado, me tientan los olores de tu cuerpo, me tienta, pero no. Sigo. Algunos fragmentos se desprenden, los miro caer, eso sí puedo hacer: ver cómo se hunde cada fragmento marmolado de tu cuerpo, ver como caen los cimientos estúpidos del hombre que fuiste. Verme, así, caer con vos.

Por fin, el último fragmento se desprende y aún retumba su sonido, pero allí pasa lo asombroso: mis piernas y mis brazos vuelven a un lugar donde recuerdan, vuelven a un lugar que supieron tener hace algunos años y confirmo, entonces, que la memoria del cuerpo es prodigiosa, tal vez aún mejor que la de mi propio corazón.
©Angie Pagnotta-Depersia

viernes, 13 de mayo de 2016

No tengo una voz | Fragmento de "Todos. Nunca. Nada"







No tengo una voz. Para cuando quiero empezar a tener una voz todos los colores se me desdibujan y es entonces cuando pienso que lo mejor sería dejar toda esta estúpida idea de escribir y hacer otra cosa. Escribir es una especie de prueba de fuego donde el objetivo no es cruzar la línea, sino hacerla arder, pero para que el fuego arda hay que encender, primero, las llamas. Pero no me es fácil encender las llamas, no me es fácil reconstruir el fuego interno que me surge desde una voz muda, que no quiere salir. Y la siento, eso es lo peor… siento la voz, la pulsión y las palabras, pero no me sale el tono, la textura, la forma. Ronda entonces la vieja lucha interna por una forma que no es forma sino música, sonoridad. Quiero decir con palabras aquella música que aún no escucho pero existe. Es como si mis ideas no tuvieran bit y entonces hacen un sampleo horrible de sonidos baratos de consola. Escribir es una especie de construcción silenciosa que abunda detrás de los sonidos de la cabeza; porque las palabras no son palabras sino sonidos que se van asemejando a una música y luego suena todo junto y todo junto forma un sueño que sueña lo que se oye en el viento.
Dejo la computadora y voy por una taza de café. Chequeo el celular y busco —inútilmente— algún mensaje de Martín. Nada. Pasaron dos meses desde le mandé el último mail; el famoso mail y a esta altura debería entender perfectamente qué significa este silencio tibio que decretó sin una respuesta. Pero no. Por alguna estúpida razón voy de nuevo a la idea y me ahogo en un loop de pensamientos que no cortan nunca el cordón. ¿Pasará algo que me haga olvidar?, me pregunto todos los días y tampoco tengo respuesta.


Corazón blindado

 Tu corazón está blindado (como estuvo siempre) simpatizo, sin embargo,  con la idea de —algún día— quebrar la protección absurda de tus can...