En una de esas entrevistas de autores conocidos y no tan conocidos, una joven escritora -a pedido del reportero- daba un consejo a todo aquel que quiera comenzar a escribir literatura: "búsquense un maestro. Malo, bueno, gruñón, simpático, mujer, hombre o, lo que fuera, pero busquen un maestro".
Pensando en la recomendación, no coincidí. Inmediatamente pensé ¿qué es un maestro? y en esto, claramente, no se trata de hacerle caso a un señor/a de delantal blanco, con una pizarra detrás de su espalda. En esto -dice la autora en cuestión- se trata de encontrar un escritor o entendido de las letras que sepa ayudar y orientar nuestros textos. Siguiendo con esta lógica, vuelvo a preguntar ¿qué es un maestro? ¿Por qué poner en alza, endiosar, y creer que UNA persona actuará como gurú literario en donde puedan descansar nuestras dudas existenciales respecto de la escritura? ¿Acaso no es mejor atravesar el proceso, sufrirlo, padecerlo, amarlo y sentirlo? ¿Acaso no es mejor que todo sea responsabilidad propia y no de un otro? ¿Por qué someternos al juicio de otro y que ese otro, además, disponga de su criterio para bajar o levantar el pulgar de nuestras palabras? Pensé en la cuestión, y sin ningún tipo de soberbia concluí que es mejor equivocarse, sí y si hace falta, pero en soledad. Esto, no quiere decir encerrarse y no compartirlo, sino más bien quiere decir que hay que hacerse cargo, a solas. Además, no quiero hacer cómplice a otro de mi desastre o alegría literaria. En tal caso, quiero ser yo la entera responsable de lo que me suceda. Necesito consejos, sí, claro y sin dudas, pero no un maestro/gurú/persona que decida por mí.