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domingo, 19 de agosto de 2018

Vicisitudes literarias

PH: William Topa

Estaba en un bar. Justo estaba yendo para la barra cuando veo a un hombre al que conozco de vista, pidiendo algo. Me paro al lado sin mirarlo pero sabiendo que me estoy parando al lado. Me empieza a hablar de cosas que ahora no recuerdo y un rato más tarde, me está hablando de sus libros y de su escritura. Saca dos ejemplares de su bolso y me los regala (pudorosa le digo que uno de esos ya lo tengo y cuando me pregunta qué me pareció le confieso que no lo había leído) sonrié y me los dedica. Charlamos hasta que me doy cuenta que es mucho más agradable de lo que me habían dicho. Un rato después me abraza, me dice cosas lindas, se demuestra afectuoso y el tono de todo se vuelve mucho más interesante. Según sé (y recuerdo) es un hombre casado, con hijos. Al pensar en eso me río y miro la escena con desconfianza. Un segundo después me da un beso. Otro segundo después me siento rara. Un minuto después pienso que, a lo mejor, no todo es como dicen aunque lo único que tengo en claro es que está casado, es padre y es escritor.

Todo sigue. Vuelvo a la mesa en la que estaba, con mis amigos y les cuento todo lo que acaba de pasar. Me repiten que es mal tipo. Me recuerdan un par de nombres de mujeres que estuvieron con él y que la pasaron mal, me dicen que hace lo mismo con todas y me advierten que ni se me ocurra pensar en el tipo como algo importante. Al pensar en lo que me dicen me río y miro la escena con desconfianza.

Mayo 2014

jueves, 10 de enero de 2013

Buscar un maestro

En una de esas entrevistas de autores conocidos y no tan conocidos, una joven escritora -a pedido del reportero- daba un consejo a todo aquel que quiera comenzar a escribir literatura: "búsquense un maestro. Malo, bueno, gruñón, simpático, mujer, hombre o, lo que fuera, pero busquen un maestro".
Pensando en la recomendación, no coincidí. Inmediatamente pensé ¿qué es un maestro? y en esto, claramente, no se trata de hacerle caso a un señor/a de delantal blanco, con una pizarra detrás de su espalda. En esto -dice la autora en cuestión- se trata de encontrar un escritor o entendido de las letras que sepa ayudar y orientar nuestros textos. Siguiendo con esta lógica, vuelvo a preguntar ¿qué es un maestro? ¿Por qué poner en alza, endiosar, y creer que UNA persona actuará como gurú literario en donde puedan descansar nuestras dudas existenciales respecto de la escritura? ¿Acaso no es mejor atravesar el proceso, sufrirlo, padecerlo, amarlo y sentirlo? ¿Acaso no es mejor que todo sea responsabilidad propia y no de un otro? ¿Por qué someternos al juicio de otro y que ese otro, además, disponga de su criterio para bajar o levantar el pulgar de nuestras palabras? Pensé en la cuestión, y sin ningún tipo de soberbia concluí que es mejor equivocarse, sí y si hace falta, pero en soledad. Esto, no quiere decir encerrarse y no compartirlo, sino más bien quiere decir que hay que hacerse cargo, a solas. Además, no quiero hacer cómplice a otro de mi desastre o alegría literaria. En tal caso, quiero ser yo la entera responsable de lo que me suceda. Necesito consejos, sí, claro y sin dudas, pero no un maestro/gurú/persona que decida por mí.

Corazón blindado

 Tu corazón está blindado (como estuvo siempre) simpatizo, sin embargo,  con la idea de —algún día— quebrar la protección absurda de tus can...