Hay que dejar de ser pretenciosos,
de especular con el tiempo propio y de los otros,
de ser tan egoístas y sumisos ante el ego,
de buscar en las redes invisibles mimos virtuales de cartón mal pintado,
de morder el anzuelo inútil,
de crear esperanzas ficticias,
de hablar tanto,
de decir poco,
de confiar en lo mediocre,
de burlarse de los demás,
de mirar en los otros las fallas propias y reír,
de llenarnos el culo de mierda ajena,
de castigarnos por el tiempo, el pasado, el miedo –en suma– por todo,
de ser nuestros peores jueces,
de morir de amor a diario,
de confiar en lo inesperado como si fuera el único lugar real del mundo,
de mirar para el costado,
de desear lo que no tenemos,
de lamerle el cuello a la muerte,
de condenarnos por nuestros actos,
de acrbibillarnos por nuestras palabras,
de morir de amor por nada,
de colmarnos la paciencia a nosotros mismos,
de necesitar las caricias virtuales,
de desear la pija ajena, las tetas ajenas, el culo ajeno,
de mentir,
de rogar,
de responder siempre,
de malgastar el tiempo en mirar muros y feeds,
de consentir la estupidez,
de ser condescendientes con la miseria.
Hay que dejar
y volver a estar.